
Théodore, un estudiante parisino de 20 años, quedó impactado al ver en Facebook una imagen claramente generada con inteligencia artificial que mostraba a dos niños en una escena incoherente y manipuladora. A pesar de sus evidentes errores, la publicación obtuvo casi un millón de “me gusta”. Sorprendido por la falta de cuestionamiento, creó una cuenta en X para denunciar lo que llamó “basura de IA”, contenido falso, absurdo y diseñado para atraer interacciones rápidas.
Pronto detectó patrones comunes en este tipo de publicaciones: niños pobres en situaciones emotivas, escenas religiosas exageradas o historias impactantes. Su cuenta ganó miles de seguidores y se convirtió en parte de una reacción creciente contra la avalancha de contenido generado con IA que invade las redes.
Mientras tanto, las grandes plataformas han adoptado la IA como eje central de su evolución. Meta, por ejemplo, considera que las redes sociales han entrado en una “tercera fase”, en la que la inteligencia artificial facilita la creación y remezcla masiva de contenido. YouTube también impulsa herramientas de IA, aunque reconoce la preocupación por el aumento de material repetitivo y de baja calidad.
Estudios recientes indican que una parte significativa del contenido que reciben los nuevos usuarios ya es generado por IA. Muchos creadores producen este material porque genera millones de visualizaciones y grandes ingresos. Sin embargo, también crece el rechazo: en numerosos videos virales, los comentarios críticos reciben más apoyo que las propias publicaciones.
Expertos advierten que esta saturación podría reducir la capacidad de atención y fomentar lo que algunos llaman “podredumbre cerebral”, un consumo constante de contenido superficial. Además, cuando el material generado con IA se usa para engañar o influir en la opinión pública, el impacto puede ser más grave, especialmente en un contexto donde muchas personas obtienen noticias exclusivamente a través de redes sociales.
Las plataformas aseguran estar trabajando para moderar el contenido de baja calidad, aunque han reducido equipos de supervisión y dependen cada vez más de que los usuarios denuncien lo falso.
Para Théodore, la batalla contra la “contaminación digital” parece difícil de ganar. Aunque no está en contra de la inteligencia artificial en sí, cuestiona el uso masivo de contenido artificial creado únicamente para generar clics y visualizaciones. La IA, concluye el artículo, ya forma parte permanente del ecosistema digital, y el reto será encontrar un equilibrio entre innovación y autenticidad.